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La Psicoterapia como experiencia

La Psicoterapia como experiencia

Uno de los daños colaterales de la popularización de la psicología es que ésta, en una lectura superficial, brinda etiquetas que parecen dar con la razón y solución del padecimiento psíquico.

Frecuentemente, dichas etiquetas disuaden del diagnóstico efectivo que resultaría de la debida exploración del malestar, al ostentar una función defensiva que obtura el trabajo clínico y que, en ocasiones, resulta “conveniente” por generar ganancias secundarias: “A mí lo que me pasa es que soy borderline”; “Estoy seguro de que soy un depresivo, ya se lo dije”; “Creo que tengo TDAH y vengo a que me lo confirmes”.

Por no hablar de las realidades institucionales y sistémicas que atraviesan la clínica: la liquidez relacional, la farmacocracia y el capitalismo tardío fuerzan y circunscriben a los diagnósticos una modalidad de tratamiento que, por otra parte, se limita a la prescripción de psicofármacos. Uno sale del consultorio con una medicación generalmente innecesaria o genérica y una etiqueta que, con toda probabilidad (por emitirse en una consulta de quince minutos), resulta errónea o imprecisa; en el mejor de los casos, insuficiente.

Al denunciar que «el paciente necesita una experiencia, no una explicación», Frieda Fromm-Reichmann da cuenta del carácter prescindible y problemático de la explicación como forma de intervención. Su uso no sólo prueba ser insuficiente, sino potencialmente perjudicial para la experiencia psicoterapéutica, pudiendo interferir en la misma esencialidad de su germen.

El encuentro intersubjetivo que habilita la cura, al prescindir de mandatos y etiquetas, es laborioso y precisa años de formación. Es por ello que limitar la intervención a su dimensión pedagógica puede presentar, para paciente y profesional, un componente resistencial. No echar mano de etiquetas e historizar es una labor difícil para todos.

El diagnóstico asido con ligereza aplasta la subjetividad por conformar un semblante de solución. Se incorpora como relato imaginario para evitar una labor analítica que se suda y sangra, pero que da sus frutos. En la consulta y en la vida.