Ni todo es culpa tuya ni todo depende de ti. La cuestión es todavía más incómoda: aun cuando no elegiste lo que te pasó, aun existiendo determinaciones inconscientes, marcas imborrables del deseo del Otro… Somos responsables de lo que hacemos con eso a lo que estamos sujetos. A saber, de querer o no saber de la verdad que se anuda al lenguaje
que nos habla.
Así, cada uno elige cómo vérselas con lo que lo determina: cómo implicarse en su angustia, qué lugar ocupar en sus relaciones, cómo responder al deseo, etc. Si bien no estamos al mando, sí estamos a cargo.
Si algo señala la ética psicoanalítica es que se es responsable de lo que se decide desconocer. Queda excluida la “ternura del alma bella”; es decir, la postura del sujeto que se lamenta del desorden del mundo sin reconocer su participación en él. Tampoco se excusa
el “error de buena fe”: el sujeto es responsable de la verdad articulada por su inconsciente, pese a la ajenidad y el dolor que le hagan preferir no saber (de ese saber no sabido que
es lo inconsciente).
Incluso en los actos aparentemente involuntarios (sueños, lapsus, síntomas), hay un
saber advertible, que opera ahí, sujetándonos al inconsciente y al significante. En síntesis, el
sujeto decide cómo responder a su dependencia del orden simbólico. Decide si desoírse
o desdecirse.
La verdad de uno mismo, aunque sea una verdad sin rostro, dispersa en el lenguaje, es algo de lo que no se puede dimitir sin caer en el error ético de sumirse en los propios espejismos imaginarios. Es en ese punto donde ya no alcanza con decir: “soy así”, “me hicieron así”, “no puedo hacer otra cosa”, donde empieza el trabajo analítico. Porque cambiar no es volverse otro, sino responder de otro modo a lo que se es.