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¿Por qué sufro en mis relaciones?

¿Por qué sufro en mis relaciones?

Los vínculos plantean necesariamente luces y sombras. A veces, la razón de nuestro padecimiento tiene que ver con la negativa o incapacidad del otro para “dejarnos ser” enteramente. En estos casos, el malestar presenta una marcada dimensión relacional.

En otras ocasiones, el malestar es más bien de orden subjetivo. El desencuentro con el otro y el subsiguiente malestar beben del contacto con la interioridad que impone el vínculo, que posee la facultad de confrontarnos con nuestras fisuras. Esto fuerza una introspección que, de excedernos, terminamos por rehuir, lo que origina sintomatología. De acogerse, lo que aquella plantea puede resignificarse para alinearnos con nuestro deseo.

A más intimidad reviste el vínculo, más ineludible resulta “vérnoslas” con nosotros mismos. De hecho, la construcción de un vínculo significativo precisa un “saber hacer” con el malestar resultante del desencuentro inherente a toda relación.

Retomando la introducción, el malestar puede alertar del necesario alejamiento de aquel otro que nos anula. También puede hundirse en nuestra historia y ser el otro, en este caso, el encargado de reflejarnos(lo), explicitando el conflicto que problematiza la relación y, con ello, permitiendo que transmute a malestar. Con el malestar que nos reconocemos,
podemos hacer.

Lo que duele e ilumina es abrir los ojos a nosotros mismos, sostener el disgusto de asistir a nuestra propia falta. El vínculo nos brinda la oportunidad de padecernos hasta nuestras últimas consecuencias; de vernos cegados y reorientados por el reflejo que nuestra subjetividad, como causa y efecto, genera en el otro.

Valernos del discernimiento para delimitar, en lo posible, quién es uno, quién el otro y cuál el vínculo es una tarea que sólo puede darse y hacerse en relación.