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La importancia del olvido

La importancia del olvido

El olvido suele pensarse estrictamente como fenómeno de borramiento: como sinónimo de muerte. Uno no quiere ser olvido: no quiere olvidar ni ser olvidado. Como si, en lo tocante a la memoria, sólo el recuerdo consistiera; como si fuera el único síntoma o resorte que ostentara el estatuto del progreso.

En “Elogio del riesgo”, Anne Dufourmantelle articula la noción de olvido como necesario artilugio vitalizante. Para seguir viviendo, tan importante es recordar como olvidar. Darse a lo que queda también precisa del desembarazo de lo que ya fue.

La hemeroteca de vídeos, artículos y testimonios del pasado, si bien invaluable, resulta incisiva para la subjetividad contemporánea. Despoja del olvido que permitiría zafar de lo que el pasado viene a anudar y significar sin lugar al imprevisto: «La lucha contra el olvido se ha extendido de manera preocupante a toda función de salvaguardia, evitándonos quizá un vínculo diferente, silvestre, con nuestro pasado».

Entre el noble impulso de curadoría del pasado, que aspira a no repetir los horrores que nos preceden, y la promoción colateral de una subjetividad alienada a dicho pasado, que no puede sino repetirse, hay una fina pero patentable línea. Una que tinta la actualidad de una herida pretérita que inhabilita toda forma de desmemoración y espontaneidad. Para crecer, para avanzar, también es necesario prescindir de coordenadas. Para ser más acá, también es importante pensarse más allá. Para escribir nuestra historia, hace falta dejar de reimprimir la del Otro.

El olvido no es sólo una fuerza o fuente de represión, denegación o evitación. También es una liberación. Con esta bella reflexión, la psicoanalista y filósofa francesa apuntala el núcleo vital que palpita en el fenómeno del olvido: «¿Será que el olvido no es más que una reserva de tiempo, de amor, otorgado para lo que queda?».